Reflexiones II

Segunda tanda de reflexiones sobre los trayectos cotidianos desde la perspectiva de género:

Ciudades: Madrid, Sevilla (España) Cracovia (Polonia)

«Creo que como mujeres es parte de nuestra rutina trazar caminos mentales seguros para diferentes zonas cotidianas, según la hora y el modo de transporte. Cómo y por dónde nos movemos condiciona nuestros recorridos como si fuera algo intrínseco a nuestro género. La falta de iluminación, el mantenimiento de los espacios públicos o experiencias pasadas son unos de los principales condicionantes de esos mapas cotidianos.

Voy al trabajo diariamente usando el transporte público. A veces voy en metro y cercanías por pereza, y otras veces solo en tren de cercanías. El metro suele ir muy lleno y aunque es más rápido que ir andando al cercanías, es bastante más agobiante e incómodo. Al salir de la estación procuro no ir por los túneles que hay para llegar a la oficina donde trabajo porque están oscuros, descuidados y dan bastante miedo. En lugar de eso voy por arriba usando una parte de escaleras. Yo puedo usarlas pero no todo el mundo puede y mucha gente tendrá que usar el túnel obligatoriamente.

Siempre me he sentido integrada en zonas peatonales y en plazas donde la gente puede sentarse, jugar o disfrutar de ellas. Aclaro esto porque me extrañó al llegar a Madrid que se llamaran plazas a partes de tránsito de peatones entre calles de coches, pero que no son lugares de ocio peatonal como en el caso de Antón Martín:

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Me siento muy cómoda cuando voy con amigos paseando y me incomoda mucho cuando hay mucha gente por la acera y se hace muy difícil caminar a un ritmo normal. A veces es porque las aceras son muy estrechas.

Mi barrio me gusta especialmente porque hay muchos grupos vecinales que se reúnen para colaborar y mejorar el barrio, hacen plazas alternativas ante la falta de ellas y organizan muchos eventos interesantes. Sin embargo, echo de menos más calles peatonales, edificios más bajos o más árboles que eran muy comunes para mí cuando vivía en Sevilla.

No suelo sentir miedo cuando voy sola por la ciudad pero sí que estoy atenta cuando noto que hay alguien muy cerca de mí que viene por atrás o cuando no conozco la zona. Al ir con amigos o amigas siempre voy más relajada y no presto demasiada atención a la gente alrededor.

IMG-20180318-WA0006.jpgRecuerdo que de pequeña siempre me llamó la atención esta señal de tráfico que indica que hay un colegio cerca y puede haber niños.Siempre pensé que la niña no quería ir al cole y que su hermano mayor la obligaba. Luego me planteé porque en los baños siempre el icono de la mujer era el que llevaba falda si yo prefería pantalones que eran más cómodos y si había más mujeres con pantalón que con falda. En Madrid hace poco cambiaron las figuras de los semáforos y ahora también aparecen “mujeres” con falda y pelo largo señalizando que se puede pasar. Me parece una iniciativa de visibilización pero sigo pensando que la representación de esos atributos asociados a la mujer (falda y pelo largo) no es una buena solución inclusiva.

En las ciudades donde he vivido había poquísimas calles con nombre de mujer. Cuando estuve en Polonia me llamó la atención que los nombres de las calles acabaran en la letra a (como Jozefa Dietla), que en español suele asociarse a nombres femeninos. Pero se debía al tipo de inflexión del idioma, eran todos hombres. A partir de ahí descubrí que no se me ocurría ninguna calle con nombre de mujer en mi ciudad.

En Sevilla, los pocos monumentos que hay dedicados a mujeres son bailaoras o cantantes de flamenco. A los turistas les encanta sacarse una foto imitando la postura de baile que tienen. Una estatua que me molestó especialmente fue una que hicieron hace unos años a los poetas de la generación del 27. Es una fuente con una escultura de una mujer desnuda tumbada leyendo. Por supuesto, no es una ninguna poeta famosa de la generación del 27, es la representación del cuerpo de la mujer, de la musa de los hombres escritores. Desnuda, inspirando. Leyendo, no creando.»


Ciudad: Madrid, España

«Ahora que soy madre primeriza, mis actividades cotidianas han cambiado. Antes iba paseando solo para pasear, a veces con algún destino final, pero vagando por muchas partes y ahora me encuentro por necesidad yendo mucho más a lugares específicos sin cambiar tanto de rumbo. Casi todos los días paseo al parque con mi hija en el carrito y muchas veces por la semana vamos a algún súper o tienda y normalmente una vez a la semana al centro de la ciudad en la que vivimos, Madrid.
Por la mayoría de nuestros paseos, voy andando pero para ir al centro o a alguna cita médica o algo, vamos en bus o en metro. Ahora, con el carrito, es más complicado tomar el bus y el metro. Los autobuses en Madrid tienen limite de la cantidad de carritos que pueden transportar, así que si ya está un carrito en el bus, a veces tienes que esperar para el próximo. Solo me pasó un par de veces, pero es un garrón cuando está lloviendo o simplemente ya tienes ganas de volver a casa. Hay algunos conductores de bus que echan la vista gorda y te dejan subir aún si ya hay uno o dos carritos más, pero no es así con todos. El bus lo encuentro más cómodo para viajar con el carrito porque hay un espacio específico para el carrito y la gente es bastante buena en dejarte pasar hasta ese espacio sin problema. También, no hay más de un escalón tanto para subir como para bajar del bus así no es muy complicado viajar con el carrito salvo que el bus esté muy lleno.

El metro es otro mundo para viajar con el carrito por muchas razones. No hay un espacio específico para poner el carrito adentro de los vagones y muchas veces siento que está impidiendo el paso de las personas. También hay que mirar cuáles estaciones tienen ascensor, porque no todos tienen ascensor y aun los que sí tienen ascensor, a veces está averiado. Antes de tener a mi hija, siempre usaba la parada de metro más cerca de mi casa (Ríos Rosas) y ahora casi nunca la uso porque no tiene ascensor. Sin embargo, hay una estación cerca, Cuatro Caminos, que tiene ascensor y además tres líneas, así que es bastante bueno y solo una parada más alejada del centro. A mí me ha pasado varias veces que uso el metro y después de seguir todos los carteles para el ascensor, está fuera de servicio y me toca subir a veces muchas escaleras con el carrito. Tengo que admitir que la gran mayoría de las veces, casi siempre una persona se ofrece para ayudarme. Es un gran ayuda y es una alegría que haya tanta gente dispuesta a ayudar a los otros. Sin embargo, a veces no hay nadie, o todos están envueltos en sus cosas y me toca agarrar el carrito como pueda y subirlo. A veces hay estaciones que no tienen ascensores, pero sí tienen escaleras mecánicas y aunque la gente me mira mal (porque está escrito en las normas de no subir con un carrito de bebé por las escaleras mecánicas) hay que subir por ésas. Después de un poco de práctica, la verdad es que no es tan difícil.

Por viajar con carrito, los lugares en los que más disfruto de pasear son los que son amplios, por ejemplo mi barrio de Chamberí tiene aceras bastante amplias y es bastante fácil. Por mucho que me encanta el centro de Madrid, es muy difícil con el carrito y me provoca mucho estrés por las aceras estrechas y la muchedumbre de gente paseando, parando y mirando por cualquier lado, lo hace muy incomodo intentar disfrutar de pasear, ni hablar en los momentos más frenéticos del año, por ejemplo en navidades y fiestas, casi evitamos el centro. A veces usamos una mochila porta-bebés, pero es más difícil de disfrutar del paseo largo con el bebé que cansa de estar tan pegado y a veces nos damos demasiado calor también así que no la suelo usar en mis paseos diarios ni de larga duración.

Cuando tengo la oportunidad de andar sola, me encanta. Puedo disfrutar más del paseo en sí e ir observando los edificios bonitos, extraños y la gente. Cuando voy con amigos o familia, observo menos, pero a veces le llama la atención de otra persona algún detalle que tu no habías visto. Con mi chico solemos observar las nubes, los edificios, la actitud/el lenguaje de la gente o alguna pancarta o anuncio por la calle.

Si es verdad que en Madrid hay muchísimas calles con nombres de hombres, yo vivo justo en una calle nombrada por la primera mujer que obtuvo su doctorado en España. Me da buena vibra :). Sin embargo, hay muy pocas calles con nombres de mujer y para mi gusto, demasiadas con nombre de generales.

En el parque más cerca de mi casa, hay una pista para correr y mucho espacio deportivo (canchas de fútbol, lugares para jugar al padel, parque infantil y de niños más grandes), sin embargo, los bebederos son los más extraños que he visto en mi vida. Hay un botón y tira un chorro de agua totalmente vertical, lo cual hace que sea súper incomodo beber de ello, ni hablar de intentar llenar una botella. Los únicos seres que veo disfrutar de beber de ellos son las palomas y otros pajaritos que beben del agua que cae y se queda allí alrededor del desagüe.

Una cosa que a mi no me afecta tanto pero me gusta de Madrid es que tienen los pitidos de pájaros (normalmente, también hay otros sonidos) en los semáforos para peatones y también otro tipo de ladrillo en el suelo de las aceras para la gente con vista reducida o otras habilidades reducidas. Me parecen acciones geniales tomados por el ayuntamiento en cuanto a planificar las aceras para todos.»


Ciudad: Rosario, Argentina

«Hace algunos años, cuando era estudiante de Psicología en la ciudad de Rosario, recuerdo haber ido a una charla sobre Psicoanálisis que ahora vuelve a mi mente al pensar en los recorridos cotidianos. Adjudicaban a la categoría de “histeria” el hecho de que a una joven le sea dificultoso el recorrido por los mismos pasillos de la institución. No voy a hacer un análisis de si era correcto en este relato particular aquel diagnóstico, no recuerdo el caso clínico. Sin embargo, me impacta la conexión entre la palabra Histeria (proveniente de griego Hystear que significa útero) históricamente relacionada con las mujeres, y estos trayectos cercenados en los ámbitos más familiares.

Cuando tengo turnos nocturnos y debo tomar un colectivo para llegar a mi lugar de trabajo, elijo esperar en una esquina que encuentro segura. Sé que no es tal, pero el hecho de que por allí pase algo de gente en ese horario, aunque no demasiada me hace sentir a resguardo. Cuando bajo de la línea X, apuro el paso. Camino más rápido que lo habitual, sin correr, como disimulando, porque siento que correr es ridículo y porque siento que además tengo que disimular el miedo.

El parque de noche es en Rosario un lugar de reunión para lxs jóvenes. Vamos caminando hacia allí, somos un grupo grande dónde hay chicas y chicos, al llegar al parque no hay casi gente pero no pasa nada. No hay preocupación por el recorrido, los pasos son seguros, las charlas, las risas ocupan el espacio.
El otro día nos demoramos con mi amiga Julia, siempre nos pasa, de modo que la banda estaba esperando allí y caminamos JUNTAS hasta encontrarles. Seguimos hablando un poco pero apuramos el paso, caminamos rápido por las dudas. Escuchamos un ruido y pensamos que alguien nos seguía. Era una pareja paseando un perro, respiramos pero no reímos. Los pasos con miedo, en primer lugar, ocupando el espacio.»


Ciudad: Rosario, Argentina

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