A partir del libro Flâneuse de Lauren Elkin, el cual trata la relación entre las mujeres, el caminar y el arte, comencé un camino nuevo de investigación y práctica cultural. Así surgió el grupo de lectura que organizo: El lugar de las mujeres.

Como si fuera poco, comencé a leer a Virginia Woolf, una escritora que tenía pendiente y que Elkin investiga en su ensayo.
Virginia Woolf amaba caminar por la ciudad. Este amor se evidencia tanto en sus reflexiones como en sus personajes, siendo el caso de la Señora Dalloway:
En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los órganos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida. Londres, este instante de junio.
El caminar por la ciudad le proporcionaba a Woolf la inspiración para escribir. Cuando nos explica el hilo de sus pensamientos en Una habitación propia, muchas veces nos remite a un paseo:
Paseando despacio por aquellos colegios, por delante de las salas antiguas, la aspereza del presente parecía suavizarse, desaparecer; el cuerpo parecía contenido en un milagroso armario de cristal que no dejara penetrar ningún sonido, y la mente, liberada de todo contacto con los hechos (…), se hallaba disponible para cualquier meditación que estuviera en armonía con el momento.
En sus relatos, la ciudad no es solo un escenario sino que es una protagonista más. Esta cambia con las horas, el clima y las estaciones, modificando el humor, la energía y también la percepción que provoca el entorno.
Bond Street le fascinaba a primera hora de la mañana, en aquella estación. (La Sra Dalloway)
Pero Woolf también nos habla de otra experiencia que se vive en su Londres: la guerra. La destrucción de la ciudad y su recuperación después del horror aparecen en La Señora Dalloway. Si bien hay quienes deciden olvidarla y festejan su fin, entre sus personajes encontramos a los que viven con el recuerdo de la guerra, experimentando trastornos en su salud mental.
Sobre los desgraciados en los espacios públicos, se puede elegir verlos o no, escribe en su ensayo Ruta Callejera. «Corremos el peligro de escarbar más de lo que la vista aprueba. (…) Y es que la vista posee esa extraña propiedad: reposa solo en la belleza.» Sin embargo, aunque lo intenta, la narradora ve. La ciudad no le permite olvidar sus miserias.
Otra cuestión que aparece en Ruta callejera, vinculada al análisis de las mujeres y el caminar, es la visibilidad versus la invisibilidad. Rebecca Solnit en Wanderlust, explica que el caminar femenino suele entenderse como un espectáculo más que como un traslado y que se supone que las mujeres caminan no para ver sino para ser vistas por un público masculino.
Virginia Woolf se desentiende de estas expectativas y nos habla del anonimato y de la liberación que provoca la invisibilidad:
Cuando salimos de casa una deliciosa tarde entre las cuatro y las seis (el tiempo), nos liberamos del yo que conocen nuestros amigos y pasamos a formar parte de ese inmenso ejército republicano de vagabundos anónimos, cuya compañía resulta de los más agradable luego de la soledad de la propia habitación.
En este relato aparece la confrontación entre lo interior y privado, y lo público y anónimo. Nuestra habitación o nuestra casa cargada de objetos que nos identifican en contraste con el exterior en el que nos perdemos en la anonimidad. Afuera, en lo público, nos volvemos ese ojo enorme, que intenta ver la belleza aunque no logra esquivar la desgracia y la desigualdad, que imagina la vida de las personas con las que se cruza, de la cual solo oye fragmentos de conversaciones, ese ojo que intenta esconderse pero nunca puede desembarazarse de su subjetividad, de su corriente de pensamientos, los cuales florecen con cada estímulo de la ciudad.
“(…) lo que ella amaba: la vida. Londres, este instante de junio”.



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