Vivian Gornick o la flâneuse neoyorkina

La escritora Vivian Gornick ama caminar por su ciudad, Nueva York. Tanto en su libro Apegos feroces como en La mujer singular y la ciudad, Gornick pasea sola, con su madre o con su amigo Leonard. A través de las páginas conocemos anécdotas sobre sus encuentros fugaces con desconocidos, sus reflexiones y fragmentos de conversaciones durante la caminata.

«… paseamos las calles de Nueva York juntas continuamente. Ahora ambas vivimos en el Lower Manhattan, nuestros apartamentos están a kilómetro y medio de distancia y, cuando nos visitamos, lo hacemos a pie. Mi madre es una campesina urbana y yo soy la hija de mi madre. La ciudad es nuestro elemento natural. Las dos tenemos aventuras a diario con conductores de autobús, mendigas que arrastran carritos, acomodadores y locos callejeros.»

Apegos feroces
Foto de Books & Walks

En Apegos feroces, además de los pasajes de la escritora en su faceta de flâneuse urbana, se destacan las referencias al edificio donde vivió durante su infancia: la comunidad de vecinas (a los vecinos no los recuerda), sus códigos y su forma de estar en ese espacio en parte privado y en parte público.

Nos adentramos en las relaciones entre las mujeres que viven en el edificio. Ellas son las que están allí durante el día. Los hombres, si los hay, salen a trabajar y regresan para cenar y dormir, mientras que las mujeres desarrollan tanto su vida privada como su vida social en este espacio de relativa libertad temiendo el momento en que acabará con la llegada del marido. En los pasillos e interiores de las casas se crean complicidades, amistades y rivalidades.

“Viví en aquel bloque de pisos entre los seis y los veintiún años. En total había veinte apartamentos, cuatro por planta, y lo único que recuerdo es un edificio lleno de mujeres. Apenas recuerdo a ningún hombre.”

En el edificio hay códigos sociales establecidos e implícitos. Estos crean pautas de comportamiento así como de jerarquía. Uno de ellos es tener la puerta de la vivienda particular abierta o cerrada: tenerla abierta es de brutos, tenerla cerrada es de cultos que valoran la intimidad a la vez que mantienen la confianza de los vecinos para que llamen a ella.

El tener un apartamento de fachada, por otro lado, también otorga una distinción social. Vivir en uno de estos, como lo hizo la escritora, da a entender que la familia tiene una mejor condición económica. Sin embargo, ella sostiene que es en la parte de atrás del departamento, en la cocina, donde se desarrolla la vida y donde la casa encuentra su lugar público. La cocina da a un callejón donde las mujeres cuelgan la ropa y se llaman entre sí. Las cuerdas para colgar, sin que haya una superficie, forman un lugar de encuentro. En este lugar las voces se oyen, se escuchan y las relaciones se entretejen entre casa y casa, cocina y cocina.

Gracias a todas estas referencias, podemos conocer la vida de sus vecinas del Bronx, rescatando los rituales cotidianos de estas mujeres en un entorno comunitario.

En  La mujer singular y la ciudad, Gornick vuelve a enfocarse en lo que observa y siente en el espacio público urbano.

Entre los temas principales de esta obra se encuentran las relaciones de amistad y la soledad en una ciudad como Nueva York. A la autora, estar entre multitud de personas desconocidas, ya sea paseando o al observar las ventanas de los altos edificios con las luces encendidas, la hace sentir menos sola.

La mujer singular y la ciudad
Foto de Books & Walks

“Cada noche, antes de irme a dormir, cuando apago las luces de mi salón, que se encuentra en un decimosexto piso, experimento una sacudida de placer al ver las hileras de ventanas iluminadas que se elevan hacia el cielo agolpándose a mi alrededor, y siento que el cúmulo anónimo de habitantes de la ciudad me abraza. Este enjambre de colmenas humanas, suspendidas en el espacio, es el diseño de Nueva York, que ofrece una conexión genérica. El placer que me proporciona me reconforta de un modo que no soy capaz de explicar.”

Leyendo el libro La ciudad solitaria de Olivia Laing, me gusta encontrar el contraste de lo que sienten estas dos autoras. Laing, quien habla de la soledad que puede causar una ciudad tan grande con tantos habitantes, escribe refiriéndose a las mismas hileras de ventanas iluminadas:

«La ciudad se presenta como un conjunto de celdillas: cien mil ventanas, unas oscuras, otras inundadas de luz verde, blanca o dorada. Muchos seres desconocidos van de un lado a otro, atareados en sus asuntos en estas horas de intimidad. Los ves, pero no puedes alcanzarlos, y es así como este fenómeno urbano tan común, que puede observarse cualquier noche en cualquier ciudad del mundo, produce hasta en las personas más sociables un temblor de soledad, una inquietante combinación de aislamiento y exposición.»

Es fascinante cómo un mismo paisaje puede provocar placer o un temblor de soledad dependiendo de quien lo mire.

En su libro, Gornick nos acerca a distintos escritores urbanos que escribieron sobre este tema. Como a ella, a estos escritores el reflejo en un otro desconocido les produce el saber que no están solos. Resaltan el placer de encontrarse con esta expresividad humana cada día escuchando las voces de la ciudad.

“Johnson odiaba y temía la vida en un pueblo. Las calles cerradas y silenciosas lo sumían en la desesperación. En un pueblo, su presencia no encontraba reflejo. La soledad se volvía insoportable. La ciudad tenía sentido porque hacía soportable la soledad.”

Vivian Gornick es una de estas voces potentes de Nueva York y a través de sus paseos y su amor por chocarse con otros en la vida pública, nos trae estos libros ricos de encanto urbano, ese encanto gris, sucio, agitado y estimulante.

«De lo que no puedo prescindir es de las voces. En muchas ciudades del mundo, la población está asentada sobre siglos de callejones adoquinados, iglesias en ruinas, reliquias arquitectónicas que nunca han sido excavadas, solo apiladas unas sobre otras. Si has crecido en Nueva York, tu vida es una arqueología no de estructuras, sino de voces, que también se apilan unas sobre otras, y que tampoco se reemplazan unas a otras.”

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