Agua, higiene y salud en las ciudades

¿Cuál ha sido, a lo largo de la historia, nuestra relación con el agua, la higiene y la salud?

El escritor y divulgador inglés Bill Bryson, en su libro En casa, hace un repaso de la relación occidental con el agua. 

Explica el autor que el agua como medio para la limpieza y el cuidado del cuerpo era de gran importancia en la Antigüedad. En la antigua Babilonia así como en las ciudades griegas, existían sistemas de agua corriente y alcantarillado que gestionaban la limpieza de la ciudad y de sus habitantes. Los griegos tenían a su vez baños termales que utilizaban luego de hacer ejercicio, pero fueron los romanos quienes para Bryson desarrollaron el disfrute del agua y los baños. 

“Para los romanos, los baños eran algo más que un simple lugar donde ir a lavarse. Eran un refugio diario, un pasatiempo, una forma de vida. Los baños romanos tenían bibliotecas, tiendas, gimnasios, barberos, esteticistas, pistas de tenis, bares y burdeles. Los frecuentaban gentes de todos los estamentos sociales.”

Estos baños estaban provistos de los servicios que hoy encontramos en un spa: piscinas con distintas temperaturas, sauna, zona de masajes y de limpieza de la piel.

Sin embargo, los usos sociales de estos baños no agradaron a los primeros cristianos, quienes consideraron a estos espacios “sucios desde el punto de vista moral, aunque no desde el higiénico”. A partir de entonces, con el cristianismo se mantuvo una distancia con el agua, así como se dejaron de lado otras costumbres romanas como mencionamos en un artículo anterior.  

“El cristianismo siempre se sintió curiosamente inquieto con respecto a la limpieza y desde el principio desarrolló la extraña tradición de equiparar la santidad con la suciedad.” 

Esta falta de higiene básica que se extendió durante el medioevo, ayudó a propagar enfermedades e infecciones entre las poblaciones. Durante las epidemias que golpearon Europa, como la peste, se consideró incluso que el agua era un medio propagador de las enfermedades, por lo que la relación y el contacto del cuerpo con el agua se volvió aún más lejana. 

Sin embargo, con el tiempo, el agua con fines medicinales comenzó a ponerse de moda. 

«En 1702, la reina Ana acudió a Bath para tratarse la gota, una iniciativa que fomentó considerablemente la reputación curativa de sus aguas y su prestigio. (…) Pronto empezaron a brotar como setas las ciudades balneario: Harrogate, Cheltenham, Llandrindod Wells en Gales. Las ciudades costeras, sin embargo, reivindicaban que las aguas curativas de verdad eran las del mar.”

Los balnearios surgieron en ciudades ubicadas en zonas de aguas termales y costeras. Hasta entonces, las costas del mar habían sido evitadas. Eran lugares de marinos, pescadores y piratas, que no tenían atractivo para el resto de las personas. Con la instalación de los balnearios, en cambio, hubo un boom de visitas y se normalizó el sumergirse en sus aguas. 

En estos lugares, era normal que se encontrara un médico relativamente famoso que pusiera al servicio de los usuarios sus últimos descubrimientos. A su vez, por una cuestión de pudor, se crearon las máquinas de baño: 

“En los primeros tiempos, muchos se bañaban desnudos, mientras que los más recatados se envolvían generosamente, y a veces incluso de manera peligrosa, en pesados ropajes. Las máquinas de baño se inventaron por mera cuestión de pudor. Eran simples carromatos que podían arrastrarse hasta el agua, con puertas y peldaños que permitían al cliente entrar en el agua con seguridad y discreción.»

En la serie “Sanditon” basada en la novela inconclusa de Jane Austen, los personajes principales buscan hacer de Sanditon una ciudad balneario turística y exitosa, para lo cual disponen de máquinas de baño, alojamientos para los visitantes, eventos sociales y un médico.

Los balnearios ingleses se extendieron con el tiempo hacia otras zonas europeas gracias a la mayor conectividad de los transportes, dando lugar a un turismo de balnearios y baños termales que frecuentaban las clases adineradas para conjugar salud, intercambios sociales y moda. 

Por otro lado, durante la Ilustración, comenzó a promoverse la higiene personal y pública mediante la instalación de alcantarillados, fuentes de agua en las calles y baños públicos en las ciudades. A finales de este siglo, el agua ingresa en los hogares más adinerados, mientras que los demás se proveerán en las fuentes ya sea por su propios medios o contratando los servicios de un aguatero. 

Con la Revolución Industrial del siglo XIX surgió la corriente del higienismo, preocupada por el hacinamiento y la pobreza de los habitantes urbanos. Esta corriente buscaba evitar las epidemias que menguaban gran parte de la población. Aunque se desconoció por mucho tiempo, el cólera se difundió a través de aguas contaminadas por desechos humanos, los cuales en muchas ciudades se vertían en las mismas zonas donde se recogía el agua para beber. 

El alcantarillado, las conexiones de agua corriente y la existencia de baños públicos  se extendieron cada vez más, así como se difundieron nuevas recomendaciones para mantener la higiene: airear las viviendas, tomar nuevos hábitos de higiene personal y hacer ejercicios al aire libre. A su vez, la Revolución Industrial condujo a que el costo de los transportes se fuera abaratando, permitiendo que no fueran solo los aristócratas quienes pudieran disfrutar del agua.

A partir de entonces se estableció otra relación con el agua, la salud y el cuerpo que llevó al surgimiento de nuevos deportes, a la natación en ríos y mares, y a la utilización de la bicicleta, todas actividades que requirieron prendas de vestir más adaptadas a estos nuevos usos, generando cambios en la moda y, sobre todo, liberando el cuerpo femenino. 

BIBLIOGRAFÍA

BRYSON, Bill, En casa

“Más vale prevenir que curar. Moda y movimiento higienista en el cambio de siglo”, conversación online del Museo Cerralbo y el Museo del Traje en Madrid. 

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