La ciudad solitaria de Olivia Laing es un libro en el que a partir de una experiencia personal de soledad en la poblada Nueva York, su autora recorre la obra de varios artistas contemporáneos “que parecían articular la soledad, o sufrirla, sobre todo tal como se manifiesta en las ciudades modernas y más concretamente como se ha manifestado en Nueva York a lo largo de los últimos setenta años aproximadamente.” Son numerosos los artistas que Laing analiza y recorre, como Edward Hopper, Andy Warhol, David Wojnarowicz, Henry Darger, entre muchos otros.
Laing reflexiona sobre la soledad como ausencia de intimidad física y emocional, un sentimiento que puede sentirse aún estando rodeados de personas en una urbe como Nueva York, ya que esta no tiene que ver con la ausencia de compañía. Uno se puede sentir profundamente solo estando rodeado de personas conocidas con quienes se tiene un lazo, como dijo Epicteto, “pues no por estar un hombre solo se siente solitario; mientras que no por estar entre muchos deja de sentirse solitario.”

Al respecto, el escritor, traductor y jurista Antonio Pau en una charla llamada “Escapar del mundo” organizada por Conde Duque, señala la distinción entre dos formas de soledad existente en el idioma alemán pero de la que carecemos en el español. Pau señala que la soledad puede ser confortable o angustiosa. En alemán Alleinsein es el hecho de estar solo, en un momento o lugar. Einsamkeit, por otro lado, significa sentirse solo en el mundo. La soledad de la que Laing habla es Einsamkeit.
Su libro trata también de la soledad que sienten quienes son diversos; los considerados marginales, enfermos o quienes se encuentran con una sociedad que los rechaza por no estar dentro de lo considerado “normal”. En este punto me recuerda al libro La dependienta de la escritora japonesa Sayaka Murata, en el que una mujer copia los comportamientos de las demás personas al darse cuenta de que si actuara por sí misma, los demás la rodearían de juicios e incomprensión. Por este motivo, le gusta trabajar en una tienda, una konbini, ya que viene con manual de comportamiento. Al saber cómo comportarse puede pasar desapercibida.
«El mundo normal es un lugar muy exigente donde los cuerpos extraños son eliminados en silencio. Las personas inmaduras son expulsadas.»

La reflexión por la visibilidad también aparece en La ciudad solitaria al tratar los cuadros de Hopper en los que vemos a sus protagonistas a través de vidrios y ventanas. “Esto es lo que sucede en las ciudades, que incluso dentro de casa estamos expuestos a la mirada de cualquier desconocido”, escribe Laing, recordándome el cuento Una mujer en la azotea de Doris Lessing, en el que una mujer que toma sol en la azotea de su edificio es acosada por hombres que trabajan en el edificio de enfrente, poniéndose en cuestión los temas de la privacidad y visibilidad en los espacios privados. También esta cuestión aparece en la película La ventana indiscreta de Hitchcock.
La escritora Vivian Gornick en su libro La mujer singular y la ciudad, como he compartido parcialmente en un artículo anterior, también analiza la soledad en Nueva York con un acercamiento diferente al de Laing, quizás por ser una local en la urbe.
Mientras que para Laing:
“La ciudad se presenta como un conjunto de celdillas: cien mil ventanas, unas oscuras, otras inundadas de luz verde, blanca o dorada. Muchos seres desconocidos van de un lado a otro, atareados en sus asuntos en estas horas de intimidad. Los ves, pero no puedes alcanzarlos, y es así como este fenómeno urbano tan común, que puede observarse cualquier noche en cualquier ciudad del mundo, produce hasta en las personas más sociables un temblor de soledad, una inquietante combinación de aislamiento y exposición.”
Para Gornick, ese mismo conjunto de celdillas le genera una sensación opuesta:
“Cada noche, antes de irme a dormir, cuando apago las luces de mi salón, que se encuentra en un decimosexto piso, experimento una sacudida de placer al ver las hileras de ventanas iluminadas que se elevan hacia el cielo agolpándose a mi alrededor, y siento que el cúmulo anónimo de habitantes de la ciudad me abraza.”
Ambas escritoras hablan de la soledad aunque desde miradas distintas. Laing habla de la soledad urbana, de aquella que se siente entre una masa de desconocidos que te pasan por al lado y que te ignoran, ignorando no sólo tu persona sino también tus miserias, problemas y deseos de intercambio humano. Gornick en cambio, local en esta ciudad, se siente en su salsa entre estos desconocidos pero siente la soledad al salir de la ciudad y sumergirse en paisajes no urbanos donde no se cruza con estos interlocutores.
“Nunca me sentía menos sola que cuando estaba sola en una calle abarrotada.”
En su obra, Gornick nos acerca a distintos escritores urbanos, algunos neoyorquinos y otros no, que escribieron sobre estos temas. A ellos, la ciudad los hace sentir menos solos, mientras que la ausencia de su reflejo en un otro desconocido, la ausencia de esta expresividad humana cada día, el escuchar las voces de la ciudad, les genera angustia.
“Johnson odiaba y temía la vida en un pueblo. Las calles cerradas y silenciosas lo sumían en la desesperación. En un pueblo, su presencia no encontraba reflejo. La soledad se volvía insoportable. La ciudad tenía sentido porque hacía soportable la soledad.”
Además de la soledad, las relaciones de amistad y sus diferentes formas es otro de los temas que Gornick transita en este libro.
Otras lecturas que tratan este tema son, por un lado, la novela gráfica Estamos todas bien de Ana Penyas. A través de sus abuelas, Penyas ilustra la soledad no deseada que existe entre muchos adultos mayores.
«Mi amiga Victoria nunca viene a verme porque se va con la vecina de abajo a jugar parchís. Y otras dos amigas que tenía salen a andar y, como saben que yo no puedo andar mucho, pues no te pienses tú que dicen ‘vamos a llamar a Maruja’.»

Por otro lado, el libro La balada de Iza de Magda Szabó, ya mencionado en la entrada Literatura para conocer ciudades, manifiesta la soledad de una mujer viuda que va a vivir a la ciudad de Budapest con su hija dejando atrás su pueblo, su casa y sus vecinos. La incomprensión mutua que tienen ella y su hija, sus silencios, el contraste con la gran ciudad y su sensación de ser inútil, llevan a la mujer a adentrarse en una soledad cada vez más profunda, plasmada en sus paseos solitarios en tren sin ningún propósito.
Una última referencia sobre el tema es la película Medianeras. Buenos Aires en la era del amor virtual de Gustavo Taretto, vinculada con la pregunta por la soledad en las grandes ciudades y su vínculo con las redes sociales e internet, tema que también analiza Laing.
Espero que tanto este artículo como estas lecturas nos permitan detenernos a pensar en esta soledad colectiva que en palabras de Laing es una ciudad en sí misma, ya que “la soledad es personal y es también política”.
(Más recomendaciones en comentarios)
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«Prohibido morir aquí» de Elizabeth Taylor, editado por La Bestia Equilatera.
En este caso, los protagonistas son un grupo de ancianos que se conocen en el hotel al que cada uno se va a vivir para pasar sus últimos días. Pero este hotel es un lugar en el que tienen prohibido morir, es la antesala al asilo de ancianos o al hospital.
Los días transcurren largos y monótonos anhelando las visitas, que a veces son realizadas sin gusto y por compromiso.
Este es un libro para reflexionar sobre la relación que tenemos y que entablan nuestras ciudades con las personas mayores.
«En el Claremont, la vida de los huéspedes residentes transcurría en soledad. Cada una de las ancianas se sentaba sola a la mesa y salía a pasear sola. No iban juntas a la biblioteca a cambiar libros en las tardes.»
Soledad y hoteles.
«Advirtió que ya no caminaba sin saber lo que estaba haciendo y debía poner toda su concentración en ello. Antes caminar era como respirar, algo a lo que no prestaba la menor atención.»
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