
María Luisa Bombal (1910 – 1980) fue una escritora chilena. A los ocho años de edad se trasladó con su madre y sus hermanas a París, donde terminó su educación escolar. Allí ingresó en 1928 a la Facultad de Letras de La Sorbonne. En 1931 regresó a Chile, donde tuvo un desengaño amoroso con un hombre. El fracaso de esta relación la llevó a dispararse a sí misma y, años después, a dispararle a él, por lo que pasó varios meses en la cárcel. En el medio de estos dos episodios vivió en Buenos Aires, donde participó del movimiento intelectual de la época. En 1935 publicó La última niebla, novela de la que hablaremos aquí.
La última niebla
La última niebla es una atrapante y asfixiante novela sobre una “mujer sin nombre” (como la llamó una compañera del Club de lectura) la cual ve pasar el tiempo sobre su cuerpo sin que nadie lo desee ni lo mire, ni siquiera su propio marido. Será una noche con un desconocido la que le permitirá soportar el tedio de los días hasta que la niebla se trague este recuerdo sembrando las dudas sobre si fue real.
Una reseña a través de 3 temas claves:
La mirada
Lo que la protagonista necesita es ser deseada por la mirada de un otro. Esta mirada no la recibe de un matrimonio con un hombre, su primo, quien busca en su cuerpo a su anterior y fallecida mujer, “una mujer perfecta”. El tiempo pasa en su cuerpo sin que este sea admirado por nadie.
“Mis cabellos se han oscurecido. Van a oscurecerse cada día más, y antes que pierdan su brillo y su violencia, no habrá nadie que diga que tengo lindo pelo.”
En un encuentro nocturno con un desconocido sentirá que sus brazos y sus piernas tienen un sentido, sentido que se lo da un otro. El deseo se desata porque hay un otro que la contempla y la desea. Es a través de los ojos masculinos que siente el goce.
“Ardo en deseos de que me descubra cuanto antes su mirada. La belleza de mi cuerpo ansía, por fin, su parte de homenaje.”
Esta noche con “su amigo”, con quien no intercambia palabra, le permitirá soportar el tedio de los días en la casa de campo en la que vive con su marido. Años después, entre las dudas sobre si ese encuentro fue o no real, el tema de la mirada se presentará otra vez, cuando analizamos que quien la ha visto, en verdad no la vio.
El deseo, que aparece en la obra relacionado con la mirada del otro, será experimentado de otra forma cuando ella corre con su recientemente descubierto fuego interno a sumergirse en el agua del estanque del jardín de su casa. Allí descubre su propia sexualidad, su propio deseo y conoce su cuerpo.
“No me sabía tan blanca y tan hermosa. El agua alarga mis formas, que toman proporciones irreales. Nunca me atreví antes a mirar mis senos; ahora los miro. Pequeños y redondos, parecen diminutas corolas suspendidas sobre el agua. Me voy enterrando hasta la rodilla en una espesa arena de terciopelo. Tibias corrientes me acarician y penetran. Como con brazos de seda, las plantas acuáticas me enlazan el torso con sus largas raíces. Me besa la nuca y sube hasta mi frente el aliento fresco del agua.”
Entre los elementos naturales presenciamos una escena de masturbación y goce femenino, algo transgresor para la época. La protagonista es ahora un sujeto de deseo propio y de placer.
Amor romántico
El matrimonio se presenta como la única posibilidad a la que podía aspirar como mujer. Su esposo le hace saber que ha tenido suerte de casarse con él, de otro modo le esperaba ser una “solterona arrugada que teje para los pobres de la hacienda”.
En ese matrimonio sin amor, la monotonía ejerce su peso cada día. El tiempo transcurre y el cuerpo se marchita, perdiéndose, en la visión de la protagonista, la posibilidad de amar y desear.
La noche con el desconocido, en cambio, desata una razón de existir. La pasión y el amor romántico marcan la vida de la protagonista y de su cuñada Regina. Es señal de una vida vivida.
“Mi amante es para mí más que un amor, es mi razón de ser, mi ayer, mi hoy, mi mañana.”
Sin este no hay cuerpo deseado, ni deseante, ni razón de vivir.
Al enfrentarse con la pasión no vivida, a diferencia de Regina que tuvo “amor, vértigo, abandono”, se pregunta por el sentido de su propia vida y su propia muerte. Esa vida y fuerzas acumuladas solo podían servir a un amor romántico. No hay otro destino posible para estas mujeres, no hay otro interés ni forma de vida.
La niebla
La niebla aparece en el relato para desfigurarlo todo, para rodearlo todo de ambigüedad. Lo real se confunde con lo onírico. Como el paso del tiempo decolora una imagen al volverse vieja, los recuerdos van perdiendo nitidez.
La niebla es a la vez silencio, como manifestación de la falta de voz de la protagonista. Un silencio del cual ella decide evadirse a través de un recuerdo que le permite expresarse, aunque solo sea ante sí misma y los árboles que la rodean.
“Silencio, un gran silencio de años, de siglos, un silencio aterrador que empieza a crecer en el cuarto y dentro de mi cabeza.”
La niebla también es la muerte que lo devora todo.
“Alrededor de nosotros, la niebla presta a las cosas un carácter de inmovilidad definitiva.”
Y las vidas se consumen en esta.
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Pueden encontrar La última niebla en el portal Literatura.us


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